La bruja de Ramaquebrada
Tres figuras comenzaban a adentrarse aquella mañana en el oscuro bosque de Ramaquebrada, muy cercano al pueblo del mismo nombre. Durante generaciones, los aldeanos evitaban aquel bosque debido a la presencia de una bruja que, según se decía, acostumbraba a devorar a los incautos. También se hablaba de la presencia de malignas hadas y duendes en aquella espesura, ejerciendo como diligentes servidores de la bruja.
Sin embargo, aquellas personas que ahora se adentraban en el bosque tenían buenas razones para hacerlo... o al menos una muy buena: el oro que, si se hacía caso de los rumores, albergaba la abyecta bruja en su guarida. Eliseo era un explorador con lo que pareciese una única ceja, de ojos amarillos, orejas puntiagudas de aspecto ligeramente lupino y una piel llena de verrugas Revel, por su parte, era un soldado veterano con quizá demasiados años ya para la vida aventurera, de tez morena y rostro arrugado que poseía habilidades como artificiero y alquimista. Por último, Osta, era una antigua barbera de pueblo con no demasiada habilidad para la navaja pero unos inusuales conocimientos en cuanto a astrología, su dorado cabello y piel albina llamaban la atención, casi tanto como el sayo blanco que vestía, de apariencia no demasiado adecuada para aquel entorno.
El bosque era oscuro, ya que las espesas ramas parecían devorar la luz del día, sumiéndolo todo en sombras. Las raíces sobresalían como ramas que quisieran atraparlos mientras, desde lejos, les llegaban sonidos animales llenos de ansia, como si la naturaleza estuviese perpetuamente hambrienta en aquel lugar. La atmósfera misma era densa, casi pareciese que el bosque pugnase por arrebatar el aire y la vida de los pulmones.
Eliseo decidió alejarse un poco del grupo en busca de algún sendero de caza que pudiese conducirles hacia el interior del bosque. Con sus habilidades de explorador no le costó demasiado encontrarlo pero, cuando se disponía a regresar junto al grupo, un siseo a sus pies le puso en alerta. Con mucha suerte, consiguió dar a tiempo un paso atrás para evitar la mordedura de la pequeña serpiente que se lanzaba a por sus tobillos... pero tuvo menos suerte al elegir la dirección en la cual daba ese paso, ya que este le mandó a rodar por la pendiente a sus espaldas, haciendo que se magullase todo el cuerpo tras golpear en su caída algunos troncos y rocas diseminados por el terraplén.
Magullado, regresó junto a sus compañeros para comunicarles su hallazgo. Osta, que la noche anterior había leído las estrellas, les indicó que estas le habían revelado que el camino más propicio para aquel día sería hacia el norte, justo hacia donde parecía dirigirse aquel sendero de caza, por lo que todos se congratularon.
Tras un buen rato de camino, Osta encontró algún tipo de abalorio hecho a base de huesecillos de pájaro y colgado de unas ramas. Por lo que habían escuchado a través de las habladurías, las fatas solían colocar aquel tipo de señales a modo de advertencia, para ahuyentar a los extraños. Agazapada junto a aquellos huesecillos, la mujer sonrió: nada iba a ahuyentarla del oro que necesitaba para cumplir sus ambiciones.
Fue una pena que la sonrisa se le congelase en el rostro cuando las arañas, del tamaño de un puño cada una, comenzaron a surgir de entre la maleza. Entre alaridos de terror y dolor, Osta cayó de espaldas sobre la hojarasca mientras Eliseo y Revel corrían hacia allá con las espadas desenvainadas. Aunque los dos hombres acabaron con la asquerosa maraña de bichos, estos llegaron a morder a la mujer en varias partes del cuerpo, en las cuales brotaron diversos bultos supurantes de muy mal aspecto.
Tras tomarse unos cuantos minutos para que Osta se incorporase y comprobar que sobreviviría a aquellas picaduras, el grupo continuó su camino por el bosque.
Casi al atardecer, el grupo llegó a lo que parecían las ruinas de alguna antigua ciudad feérica donde las enredaderas se apoderaban de las torres derruidas, tragándose los vestigios de su antigua gloria. Los muros ruinosos estaban cubiertos de musgo, como si este tuviera hambre de piedra. Flores venenosas brotaban entre las calles desmoronadas, alimentándose de aquella ciudad que fuese de las hadas alguna vez.
Eliseo, que desconfiaba de las fatas como cualquier persona con sentido común, se adelantó por si hubiese algún tipo de antigua trampa colocada en la linde de la ciudad. No la encontró, aunque si tuviera el infortunio de toparse con una enorme planta carnívora, lo que descubrió cuando aquel tentáculo vegetal se enroscó en su tobillo y comenzó a arrastrarle por el suelo hacia lo que parecía una descomunal boca vegetal plagada de afilados colmillos.
Suplicante, el explorador volvió su vista hacia Revel, que en ese momento fingió mirar hacia otro lado y no percatarse de la situación de su compañero. Por lo visto, el veterano soldado no tenía la más mínima intención de poner en riesgo su integridad física acercándose a ese engendro vegetal. Así, Eliseo utilizó su escudo para golpear el tentáculo de la planta una y otra vez y, aunque logró que esa enredadera se partiera, liberándolo, la embrazadera de su escudo terminó por romperse y el escudo rodó hasta perderse en una maleza que, visto lo visto, Eliseo no quería explorar en ese momento.
Revel, alerta tras lo que le había ocurrido a Eliseo, comenzó a adentrarse en la ciudad, caminando cuidadosamente por el empedrado. Sin embargo, pudiera ser que las estructuras subterráneas de la ciudad estuviesen debilitadas después de siglos de abandono, puesto que el suelo se abrió a sus pies, haciéndole caer a una especie de túnel existente bajo las calles de aquella ciudad.
Eliseo, viendo lo que le acababa de ocurrir a Revel, decidió buscar algún tipo de liana o rama con la cual ayudar a su compañero a salir del pozo. Esto pudo haberle costado la vida ya que, al dar un fuerte tirón para arrancar la liana elegida, una enorme y espinosa rama salió proyectada de entre la maraña vegetal para estrellarse contra su peto y hacerle rodar por el suelo. Cuando se recompuso, observó con un escalofrío las enormes espinas que habían quedado en su pecho, del tamaño de dagas.
Así, bastante intranquilos, los compañeros se internaron en la abandonada ciudad de los elfos. Osta examinaba con atención cada mural, así como las inscripciones grabadas en las fachadas de muchos edificios. Le interesó particularmente una que parecía hecha a posteriori, el texto escrito en bellos caracteres sobre la pared de piedra estaba traducido al lenguaje de los hombres debajo de las escrituras en feérico. El texto rezaba "Esta es la ciudad de Ylelone, antigua y esplendorosa capital del Reino de las Hadas. Durante generaciones, la Reina Nolamaya gobernó a los elfos con justicia y sabiduría. Sin embargo, la ambición ennegrecía en secreto el corazón de la Reina, que pactó con las fuerzas oscuras en busca de más poder. Este pacto la consumió, convirtiéndola en una criatura abyecta".
Leyendo esto se encontraba Osta cuando una alargada flecha se clavó con un zumbido en el polvoriento dintel de una puerta, a apenas un palmo de su cabeza. Cuando volvió la vista, con maravilla y terror, pudo contemplar a una decena de elfos y hadas que se acercaban armados con arcos y espadas. Tras reponerse de la sorpresa inicial, la mujer echó mano de su propia ballesta al tiempo que Eliseo y Revel se colocaban junto a ella, espada en mano, para recibir a aquella fuerza hostil.
Aunque las fatas eran más y, a pesar de las leyendas sobre su ferocidad, las criaturas comenzaron a caer bajo las hojas de Eliseo y Revel o atravesadas por las saetas de Osta. Si bien los compañeros recibieron bastantes heridas en los primeros lances, poco a poco se imponían a sus enemigos a acero y sangre.
Fue Revel quien acabó con el último oponente, un elfo que, en su agonía desde el suelo, logró encontrar un último aliento que le permitiese alzar su espada para hendir el cuerpo del viejo soldado y desparramar sus tripas sobre el empedrado, llevándole consigo a la muerte.
Finalizado el combate, y tras dedicarle poco más que una ligera mueca de contrariedad al hecho de su compañero acabase de morir, Osta guió a Eliseo hacia las ruinas de lo que parecía un enorme palacio. En ningún momento la mujer le comunicó al explorador su hallazgo relativo a los textos acerca de la reina Nolamaya ni sus sospechas de que aquella era realmente la bruja que ocultaba aquel bosque. Osta se limitó a decirle a su compañero que seguía los augurios.
Así, atravesaron los marchitos jardines del desmoronado palacio, los cuales hedían a podredumbre, para atravesar una enorme arcada de piedra que les conduciría a una serie de polvorientos corredores adornados con los restos de decenas de aventureros que habían perecido antes en aquel lugar.
Eliseo se adelantó mientras Osta examinaba los cuerpos de los caídos. Sus pasos le condujeron una enorme estancia, quizá un salón, en la cual sus ojos centellearon de emoción y avaricia al contemplar el oro... quizá no tanto como decían las leyendas, pero sí una buena cantidad. Con los bolsillos llenos, se giró hacia la puerta para ir a anunciarle su hallazgo a Osta.
Sin embargo, fue otra figura la que encontró frente a el, a las puertas de la sala... cerrándole cualquier oportunidad de huida.
Por su parte, Osta sonrió de oreja a oreja al encontrar un valioso anillo en uno de los cadáveres del corredor. Aquel pobre desgraciado tenía los huesos de brazos y piernas horriblemente fracturados, como si unas ligaduras extremadamente fuertes hubieran sido apretadas hasta astillar las extremidades. Además, su caja torácica había sido destrozada por lo que parecían unas enormes garras.
Preocupada, por la tardanza de su compañero, fue en busca del mismo.
Al llegar a la enorme sala, encontró a Eliseo siendo acorralado por una mujer anormálmente alta, parcialmente descarnada y que mostraba un cadavérico rostro en cuyas cuencas oculares brillaban lo que parecían dos ascuas rojas. Las falanges de las manos eran largas y se asemejaban a cuchillas.
Aquellas zarpas hirieron a Eliseo que, sin embargo, pudo salvar la vida porque Osta colocó varias saetas en la espalda de Nolamaya, logrando captar su atención. Quizá la mujer se arrepintiese de aquello después de todo porque, un instante después, el garrazo de la no-muerta enviaba su cabeza a rodar por el embaldosado.
Ese momento fue aprovechado por Eliseo que, con agilidad, trepó a la espalda de Nolamaya, encaramándose a sus hombros para introducir su hoja entre las vértebras del monstruo y, con un movimiento de palanca, lograr decapitar a la mal llamada "bruja de Ramaquebrada".
Malherido, pero con los bolsillos llenos de oro, Eliseo volvería a cruzar el bosque para regresar al pueblo. Ya estaba más cerca de conseguir el suficiente oro como para lograr aquello que anhelaba.
Una cura para su mal...

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