La Mina de los Trolls
Tres personas se asomaron a la entrada de la conocida como "Mina de los Trolls". Uno era Eliseo, el explorador de ojos amarillos, piel verrugosa y orejas puntiagudas que buscaba cura para un antiguo mal que solo el conocía.
Otro era Osto, un antiguo ballenero que se durmió durante su turno de vigía, con lo cual una enorme ballena hundió el barco en el que trabajaba, casi matándole y logrando dos cosas: que acabase trabajando de leñador por su miedo al océano y que se sintiese en deuda con la compañía ballenera, deseando conseguir oro para compensarles.
Por último, Pela era una joven amante de la naturaleza, de alta cuna. Su padre era propietario de una mina de hierro que, lamentablemente, no gestionaba demasiado bien. Ahora, la joven se había arrojado a la aventura en busca de oro para sufragar las deudas de su familia.
Los tres se habían conocido solo unos días atrás.
Tras salvar la vida por muy poco en el bosque de Ramaquebrada, donde Eliseo había enfrentado a la bruja del lugar, la cual era en realidad una no-muerta, sus pasos le habían llevado hasta el pueblo de Barrenheaven, en las montañas. El explorador alardeaba allí de su arriesgada aventura cuando uno de los lugareños le habló de algo que podía interesar a un supuesto héroe como él.
Según el pueblerino, en aquellas mismas montañas se encontraba un lugar lleno de oro: una antigua mina inundada que, décadas atrás, fue infestada por los trolls. La presencia de los monstruos hizo huir a los mineros y había disuadido a las gentes de Barrenheaven de ir en busca de las riquezas que allí quedaran.
Eliseo, que continuaba necesitando oro para lograr la cura de su mal, escuchó aquello con sumo interés. Aquella mina era un lugar tan peligroso como cualquier otro para encontrarlo, así que decidió reclutar a dos compañeros más para aquella incursión, que acabaron siendo Osto y Pela.
La mina era oscura, aunque por suerte, Eliseo había comprado algunas antorchas sospechando esto. Les sorprendió la ausencia de humedad en el ambiente ya que, según les dijeron los lugareños de Barrenheaven, los trolls habían inundado la mina tras hacerse con ella. Parcialmente enterrados en el suelo, se veían los raíles metálicos que un día usaron los mineros para transportar el mineral que se extraía en el centro de la montaña.
Eliseo se adelantó un poco con la antorcha, examinando paredes y techos en busca de algún peligro, lo cual quizá fuese una imprudencia teniendo en cuenta el resultado de su acción. Con sorpresa, Osto y Pela vieron como su compañero desaparecía abruptamente al caer a un enorme socavón que no había detectado. Magullado por la caída y con voz dolorida, Eliseo pidió a sus compañeros que le ayudasen a salir de allí.
Mientras Osto ayudaba a Eliseo a salir de aquel agujero, Pela examinó los pasillos en los que se bifurcaba el túnel principal, un poco más adelante. Encontró uno cuya pendiente parecía indicar que se conducía al corazón de la mina, intuición que reforzó la pequeña piedra de oro que la mujer encontró entre los viejos raíles en desuso.
Muy motivado por el reciente hallazgo de su compañera, Osto se adelantó al grupo. La luz de la antorcha que Eliseo sostenía a unos pasos por detrás de él hizo refulgir algo en el suelo. Lo que, en principio, Osto tomó por una pepita de oro, resultó ser una prótesis dental (de oro, sí) que tenía incrustado un pequeño brillante. Seguramente, era un diente perdido por algún aventurero que les precedió. "Malo para él, bueno para mí", debió pensar el hombretón mientras sonreía justo antes de que dicha sonrisa se torciese en un rictus de terror cuando decenas de murciélagos surgieron de la oscuridad del túnel para abalanzarse sobre el grupo.
Entre aterrorizados y asqueados, los compañeros comenzaron a retroceder a ciegas ante el brutal empuje de todas aquellas criaturas que surgían en tropel del túnel. Los aventureros manoteaban y gritaban, retrocediendo un paso tras otro sin percatarse de que cada vez estaban más cerca de aquel agujero en el cual había caído antes Eliseo.
Y sucedió lo inevitable.
Los tres compañeros acabaron precipitándose en el hoyo. En aquel barullo de brazos y piernas que eran los compañeros, Pela se dio cuenta de que tenía un esguince, mientras que Eliseo se había roto uno de los dedos de la mano. Por suerte, Osto apenas tenía algunas magulladuras. No era nada que les impidiese continuar, pero les haría el camino mucho más ingrato.
La situación empeoró, sin embargo, cuando el enorme rostro de un troll se asomó por el borde del agujero en el que estaban. Sus fauces abiertas dejaban chorrear una gran cantidad de espesas babas mientras la criatura se congratulaba de que la comida hubiese llegado hasta su misma puerta. Antes de que Pela pudiese echar mano de su ballesta, el monstruo salió corriendo pasillo abajo.
Tenían que salir de aquel agujero, así que Osto comenzó a trepar la pared de roca ante la atenta mirada de Pela. Eliseo, por su parte, aprovechó para inspeccionar el fondo del agujero: no pudo evitar una ligera y dolorida sonrisa cuando su dedo roto topó con una vieja bolsa que contenía algunas monedas antiguas... pero de oro.
Apenas Osto había salido de aquel agujero, el troll al que habían visto regresó a toda carrera por uno de los corredores. Otros dos congéneres le acompañaban. Mientras que el primer monstruo se abalanzó sobre Osto, los otros dos saltaron al agujero para devorar a Eliseo y Pela.
Los dientes del troll se cerraron en el antebrazo de Osto, que sin embargo pudo ensartar con su espada el cráneo de la criatura. Mientras, en el agujero, Pela caía de espaldas con un troll sobre sí. A duras penas, la mujer logró maniobrar su ballesta para colocarla bajo la barbilla del monstruo: cuando disparó, el virote atravesó la cabeza del apestoso ser.
Entonces, con tanta sorpresa para el troll que quedaba como para sus propios compañeros, el rostro de Eliseo cambió: su gesto se desfiguró en una apariencia casi lupina, con los dientes de la boca convertidos en enormes colmillos. El troll retrocedió un paso al ser mordido por su oponente (a Eliseo aquel ser le supo asquerosamente), lo que le dio espacio al licántropo para blandir su espada en un movimiento semicircular que decapitó a la criatura.
Acabado el combate, el rostro de Eliseo recupero su aspecto normal, normal y lleno de verrugas. A Osto y Pela no pareció inquietarles demasiado la naturaleza revelada del mal que aquejaba a su compañero. Quizá porque había sido útil, quizá porque, después de todo, tampoco les había devorado en aquellos durante aquel par de días de camino por las montañas.
Como fuere, los tres se encaminaron hacia el túnel que les indicó Pela, el que habría de conducirles a las profundidades de la mina.
Tras más de media hora atravesando un angosto pasadizo, este acabó por desembocar en una estancia bastante amplia de la que partían varios túneles más. En el centro, sobre las oxidadas vías, descansaban varias vagonetas, algunas de las cuales mostraban evidentes daños, lo que les llevó a pensar que, en su día, habían sido apartadas del servicio.
Sin aguardar más, Pela decidió encaramarse a una de aquellas vagonetas y comenzar a inspeccionar entre las arenisca que había en su interior. Con satisfacción, alzó la pequeña roca de oro que acababa de encontrar. Lo hizo solo un momento antes de que la vagoneta comenzara a moverse con un agudo chirrido. Antes de que sus compañeros pudiesen reaccionar, la vagoneta se deslizó por uno de los túneles en pendiente mientras las chispas brotaban de las ruedas metálicas al contacto con los raíles
En la completa oscuridad, la vagoneta se deslizaba a toda velocidad sobre las vías, con una aterrada Pela a bordo. Finalmente, la mujer hizo acopio de valor para saltar del transporte a una dolorosa caída. Notó perfectamente como su hombro se dislocaba al impactar violentamente con el suelo y supo que, aunque sus compañeros se lo recolocaran, le iba a doler varios días.
Apenas se había incorporado, la mujer escucho el inequívoco sonido del vagón cayendo a alguna especie de barranco o desnivel, por lo que al menos se alegró al tener la certeza de que saltar a tiempo le había salvado la vida.
El resplandor de la antorcha sostenida por Eliseo precedió a la llegada de sus compañeros. A todos se les escapó una risa floja por lo que acababa de ocurrir, pero la risa de Pela pronto se transformaría en alarido cuando vio la criatura que se les acercaba desde el túnel que conducía a la sala de vagonetas, cortándoles cualquier posibilidad huida.
Se trataba de una criatura negruzca de aspecto legamoso, como un enorme y viscoso charco de brea dotado de vida que, en in instante, había desplegado varios pseudópodos en forma de tentáculos sobre ellos. El peto de cuero de Eliseo hirvió al contacto del viscoso apéndice, mientras que otro de los zarcillos mucosos producía feas quemaduras en el brazo de Osto. Pela, por su parte, empleaba su ballesta a modo de garrote para intentar apartar aquellos apéndices de ella.
Finalmente, con suerte y esfuerzo, los compañeros lograron dividir al légamo en dos partes y abrirse camino. Corrieron de vuelta a la sala de las vagonetas donde, tras un par de minutos, tuvieron la certeza de que aquella baba negra no les había seguido.
Tras haber recuperado el aliento, Eliseo se acercó a inspeccionar uno de los túneles donde, tras encontrar algunas pepitas de oro, pudo percibir claramente el olor a humedad. Seguramente, pensó, aquel pasadizo conducía al corazón inundado de la mina, donde esos sucios trolls se habían establecido. Como para confirmar sus palabras, la silueta de un enorme troll corriendo hacia él se dibujó en el límite de la iluminación proporcionada por su antorcha.
Eliseo retrocedió, percatándose junto con sus compañeros que hasta cinco trolls irrumpían en la estancia de las vagonetas, rodeándoles. Por suerte, el grupo estaba preparado a aquellas alturas para algo así, de modo que aniquilaron a los monstruos uno detrás de otro, con Osto ensartando criaturas con su espada, Pela abatiéndolos certeramente y Eliseo a acero y dentelladas de licántropo. Un sexto troll llegó a entrar a la estancia y, viendo la suerte corrida por sus congéneres, trató de huir: la saeta de Pela se le incrustó en la nuca, dándole muerte.
Crecidos por su aplastante victoria, los compañeros enfilaron el túnel indicado por Eliseo, que les acabó conduciendo, como sospechaban a la zona de la mina que había sido anegada por los trolls. Allí, el agua pestilente se derramaba por una maraña de innumerables túneles estrechos en los que Pela tuvo la suerte de encontrar algunas pepitas de oro.
Menos suerte tuvo Eliseo pues, cuando buscaba algo similar, se topó con cinco pares de ojos que le observaban desde la penumbra. Cuando los trolls avanzaron, su inquietud aumentó, pues allí había un sexto monstruo: un troll más grande que cualquier otro que hubiese visto ninguno de los compañeros o del que hubieran oído hablar.
Mientras Pela abatía sucesivamente a dos trolls con su ballesta y Eliseo ensartaba a otros dos antes de desgarrar el cuello del tercero con sus dientes de lobo, el embravecido Osto cargó espada en mano contra el troll gigante. Por desgracia, pronto se hizo evidente que había elegido mal a su adversario: la enorme criatura le agarró el brazo del arma y, un segundo más tarde, la pierna; todo esto antes de alzarle para tirar de los extremos y partir al pobre Osto en dos sanguinolentas mitades.
Varios de los virotes de Pela se clavaron sobre la maloliente piel de aquel gigantesco troll que, al girarse, encontró a Eliseo amputándole una de sus piernas. Arrastrándose sobre sus otras tres extremidades, el monstruo llegó hasta Pela para arrojarla a volar varios metros de un manotazo. Eliseo, que se acercaba por la retaguardia de la criatura, se vio súbitamente sorprendido cuando esta se giró a toda velocidad para enfrentarle.
La descomunal garra del troll se alzó mientras Eliseo ya solo pensaba en su muerte. Pero, de pronto, un virote surcó el aire para ensartar la garra del monstruo y dejarla clavada al techo de la cueva. Mientras Pela sonreía exhausta, Eliseo lanzaba un mandoble para cercenar el brazo atorado de la criatura y, después, hendirle su hoja en el rostro para arrebatarle la vida.
Con todos los indeseables ocupantes de la mina muertos, Eliseo y Pela no tuvieron demasiados problemas a la hora de efectuar una renqueante búsqueda de tesoros por aquella sección de la mina. Los dos rieron a carcajada limpia al encontrar una buena cantidad de oro en aquel oscuro lugar.
Sin embargo, cuando repartían el tesoro, Eliseo sintió el llamado de la codicia: después de todo, si se quedaba todo aquello, tendría suficiente para conseguir su cura...
Sin mediar palabra, se abalanzó sobre su compañera blandiendo la espada. Por puro instinto, Pela reaccionó tomando su ballesta e hiriendo a Eliseo en la pierna. Enfurecido, el explorador asestaría un tajo al abdomen de la mujer en respuesta.
Finalmente, Eliseo logró derribar a Pela y, sentado sobre ella, comenzó a apuñalarla una y otra vez con su espada hasta que la mujer dejó de moverse.
Y así, fue como Eliseo abandonó a solas aquella mina, con tanto oro en las bolsas que podría hacerse con "El alijo brillante", como llamaba él a aquel grupo de amuletos mágicos que necesitaba desde hacía años para llevar a cabo el ritual que acabase con su maldición.

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