Strigoi (Parte I): Los hijos de la Primera Mujer

Durante la noche, el pueblo de Prerad había sido atacado por las huestes otomanas, por lo que varios supervivientes al ataque escapaban a través de las tierras de labor con la intención de ponerse a salvo en suelo cristiano. El variopinto contingente estaba formado por un soldado bizantino llamado Constancio, un sacerdote de origen italiano llamado Vigilio y una novicia que respondía por Theosebeia, el leñador Planudes, una zíngara conocida como Vadoma y una joven llamada Catella cuyos lujosos ropajes la señalaban como miembro de una familia acaudalada.


El cielo nocturno estaba rojo a causa de las llamas, tiñendo la noche de color rojo sangre mientras el olor a madera y carne quemada era transportado por el viento. Vadoma, en cuyo cuerpo el cansancio había comenzado a hacer mella, contempló a un perro famélico que le enseñaba los dientes desde una distancia prudencial antes de desaparecer corriendo entre los barbechos hacia una granja cercana. Del árbol que crecía a la entrada de la propiedad, colgaban varios cuerpos ahorcados de una rama: un matrimonio y sus dos hijos pequeños. Parecía que se habían quitado la vida antes de caer en manos turcas o tener que abandonar sus tierras.

Pasaron junto a un carro en el que se encontraba el cuerpo semidesnudo de una joven a la que, sin duda, los soldados otomanos habían forzado antes de degollarla. A lo lejos, pudieron distinguir las siluetas de los jinetes turcos persiguiendo a alguien. Al desviar la mirada de la escena, los ojos de Planudes se habrían de posar sobre un gato negro que les observaba desde unas piedras cercabas mientras devoraba una paloma, con las tripas del ave derramándose desde su boca.

El grupo era consciente de que la ciudad de Craiova era el lugar seguro más cercano, así que Planudes les instó a atravesar el Bosque de Vrajitoarea, ya que suponía la ruta más corta para alcanzar el Camino de Craiova. Siendo optimistas, podrían alcanzar el camino en cuatro días, lo que les dejaría un día más de tránsito hasta la ciudad.

Aunque el padre Vigilio se mostró reticente a atravesar el Bosque de Vrajitoarea, por considerarlo un lugar maldito, finalmente tuvo que ceder debido a las pocas opciones que les dejaba el hecho de que los soldados otomanos les pisasen los talones.

Así, el grupo continuó su avance en mitad de la noche. Constancio y Catella se encargaban de que nadie se quedase atrás, uno ayudando físicamente a avanzar a los rezagados y la otra alentándolos a continuar. Mientras, Vadoma y la hermana Theosebeia se encargaban de vigilar la retaguardia, prestas a alertar al grupo si los soldados otomanos hacían acto de presencia. Planudes guiaba al grupo, en compañía de un padre Vigilio que no conocía mal del todo aquellas tierras.

Planudes y Vigilio pretendían llegar al Puente de Calator, que les permitiría entrar en el bosque sin necesidad de vadear el río. Sin embargo, la oscuridad de la noche y la tensión propia de la persecución parecieron aliarse para embotar los sentidos de los guías que, finalmente, tuvieron que darse por vencidos y asumir que no habían seguido el camino correcto, llegando a la linde del bosque bastante lejos del puente.

Decidieron entonces parar a tomar aliento mientras Planudes buscaba algún lugar idóneo para vadear el río. Vadoma aprovecharía ese momento para arrodillarse en el suelo y extender sus cartas del tarot sobre el lecho de hierba. Su lectura le advirtió de que había un mal en el bosque, pero también de que la muerte se aproximaba a la espalda del grupo, acechándoles. Cuando la zíngara compartió el resultado de las cartas, el padre Vigilio la despreció por sus prácticas paganas.

Quizá se hubiese tensado bastante la situación si el grupo no hubiera tenido problemas mucho más apremiantes, como el hecho de que los otomanos podrían estar bastante cerca. Además, Planudes había encontrado un buen punto donde las rocas permitían cruzar el río sin problemas, a si que, aún con las reticencias del padre Vigilio, se dispusieron a internarse en el bosque de Vrajitoarea.

Apenas habían cruzado, las protestas de Vigilio cesaron abruptamente. Alertada por un zumbido que cortaba el aire, Vadoma se giró rápidamente solo para ver cómo el sacerdote se desplomaba con el cuello atravesado por un virote de ballesta. Entre la oscuridad y la espesura, la zíngara pudo adivinar las siluetas de dos exploradores turcos que se aproximaban mientras cargaban de nuevo sus ballestas.

Aunque Planudes aferró su hacha, dispuesto a abalanzarse sobre los otomanos, pronto fue disuadido por sus compañeros. Después de todo, quizá hubiese más soldados cerca. Así las cosas, el grupo comenzó a correr hacia el interior del bosque.

Un nuevo zumbido surco el aire, resultando en un estallido de dolor cuando el virote cortó el hombro de Planudes, que no había acabado de maldecir cuando un segundo proyectil le rozó el costado. Todos continuaron corriendo hasta que el agotamiento y la certeza de que ya no eran perseguidos les permitieron derrumbarse dentro del Bosque de Vrajitoarea.

Aquel bosque era un lugar inquietante donde el viento susurraba a través de los árboles produciendo una sinfonía de susurros y gemidos. Las ramas se entrelazaban como manos huesudas, dejando pasar a penas la luz de la luna. Vadoma escuchó un crujido resonar muy cerca, e incluso tuvo la sensación de ver una sombra con el rabillo del ojo antes de escuchar como un susurro en la espesura pronunciaba su nombre.

El hedor a tierra húmeda y podredumbre le recordó a Planudes al olor de una tumba abierta, mientras el leñador fijaba su atención en el espeso musgo que cubría los troncos de los árboles. Había algo antinatural en ese bosque, como si la propia naturaleza tratase de matarse a sí misma en aquel lugar. Vio también a un cuervo observándoles en silencio desde una rama alta, siguiéndoles con la mirada.

Poco antes del amanecer, Planudes encontró un buen lugar para acampar: una pequeña cueva que incluso les permitiría hacer un fuego sin ser detectados por sus perseguidores. La hermana Theosebeia atendió las heridas del leñador, mientras intentaba confortarle con sus palabras. Sin embargo, Planudes no era un hombre demasiado devoto, por lo cual no halló demasiado consuelo en la retahíla religiosa de la joven monja.

Antes de intentar dar una cabezada, Vadoma volvió a recurrir a sus cartas. Según los arcanos, la muerte seguía acechando al grupo en la forma de sus perseguidores. Además, según se adentraban en el bosque, parecía cobrar fuerza la esencia de otro mal que les acechaba desde el mismo corazón de Vrajitoarea. Así , la zíngara instó al grupo a continuar tras un mínimo descanso en aquel lugar.

Tanto Constancio como Catella y Theosebeia se mostraron contrarios a este punto, ya que el grupo estaba exhausto y habían tenido suerte de encontrar un refugio tan bueno como aquel. Por el contrario, Planudes y la propia Vadoma pretendían continuar tras descansar allí dos o tres horas.

Con la decisión de continuar tras un breve descanso aparentemente tomada, todos se dispusieron a echar una cabezada mientras primero Constancio y luego Vadoma montaban guardia. La zíngara pudo advertir cómo Planudes se agitaba en mitad de su sueño: era evidente que las pesadillas no le estaban dejando descansar.

Con el amanecer, llegó el desacuerdo. Constancio hizo saber a Planudes que él, Theosebeia y Catella pretendían descansar allí unas horas más. Por su parte, Planudes y Vadoma podían hacer lo que quisieran conveniente. Cuando Vadoma intentó razonar, el soldado la silenció abruptamente. Planudes, viendo al tiempo la actitud zalamera de Catella para con el soldado, se percató de que la muchacha probablemente estaba manipulando a Constancio.

Con calma, el leñador logró persuadir al soldado de que lo mejor era proseguir juntos y que era peligroso permanecer allí. Finalmente, aún con el evidente disgusto de Catella, el grupo volvió a ponerse en marcha a través de aquel inquietante bosque.

Caminaron durante todo el día siguiente, exhaustos por el esfuerzo y turbados por la naturaleza de aquel lugar. Antes de que cayese nuevamente la noche, Planudes logró encontrar un refugio mas o menos adecuado que, si bien no les permitiría hacer un fuego, les brindaba cierta protección. Vadoma y la hermana Theosebeia, por su parte, lograron encontrar unas bayas que les servirían como frugal sustento.

Catella se encontraba evidentemente superada por todo aquello: tenía frío y estaba agotada, además se estaba viendo obligada a hacer sus necesidades tras cualquier arbusto, lo que la indignaba profundamente. Planudes decidió dejarle su manta para que se tapase durante la noche pero, viendo que aún así la muchacha continuaba protestando, le arrebató la manta para cedérsela a la hermana Theosebeia. Catella murmuró una serie de improperios mientras hacía mohínes.

Vadoma intentó recurrir a sus cartas aquella noche, pero estuvieron mudas para ella. Quizá la esencia misma de aquel lugar ahogaba sus habilidades. Catella hizo algún tipo de comentario hiriente, lo que produjo un ligero encontronazo entre ambas. Cuando la tensión escaló ligeramente, Catella abandonó la discusión con sobreactuada condescendencia.

Pasaron la noche en calma, turnándose las guardias. Quizá la excepción fuese Planudes, a quien nuevamente las pesadillas atormentaron, impidiéndole conciliar el sueño una vez más. De nuevo, los rezos que la hermana Theosebeia le había dedicado antes de dormir, no tuvieron mayor efecto que el de ser una buena intención; tan amable como ineficaz.

Quizá todo ese agotamiento producto de las malas noches acabase por hacer mella en Planudes ya que, tras caminar todo el día siguiente, el grupo se vio obligado a desandar parte del camino tras toparse con una especie de pequeño acantilado que resultaba imposible de escalar. Así, con un día de camino perdido, los compañeros terminaron cobijándose al atardecer junto a un grupo de enormes rocas.

Como cada noche, los compañeros montaron guardia por turnos. Vadoma se encontraba a cargo de la vigilancia cuando, en mitad de la noche, pudo escuchar el eco de varios jadeos apagados que provenían de distintos puntos del bosque. No había acabado aún de dar la alarma, cuando cinco lobos con ojos hambrientos y fauces goteantes surgieron de la oscuridad del bosque.

Se acercaban en silencio, con movimientos sincronizados. Uno de los lobos, con el rostro lleno de cicatrices, se adelantó unos pasos, con la mirada fija en la propia Vadoma. Fue otro sin embargo, uno especialmente esquelético y demacrado, el primero en correr hacia el grupo.

Sin tiempo que perder, Vadoma, Theosebeia y Catella treparon a las rocas mientras que Constancio y Planudes, espada y hacha en mano, trataban de hacer un frente para contener a los lobos. El can esquelético sucumbió ante un tajo de la espada de Constancio. Planudes, por su parte, se debatía ante dos lobos, uno de los cuales había logrado morder su pantalón, arañándole la pantorrilla con sus colmillos.

Tras buscar sin éxito alguna roca grande que sirviese como arma arrojadiza, Vadoma decidió empuñar su pequeño cuchillo y bajar a apoyar a Constancio mientras que la monja y Catella continuaban buscando alguna roca o rama que les sirviese para enfrentar a los canes. La súbita irrupción en escena de la zíngara fue suficiente para distraer brevemente a uno de los lobos, que acabó atravesado por la espada de Constancio un segundo después. Cuando otro can trató de abalanzarse sobre el soldado, este lo decapitó en el aire.

Casi a la vez, Planudes descargaba en vertical su hacha contra la cabeza del lobo aferrado a su pierna, hendiendo la hoja de acero en el cráneo del animal, que murió al instante. El último lobo, que también acechaba a Planudes, trató de retroceder. Sin embargo, el leñador no le dio tregua y, de un certero hachazo, terminó con la vida de la bestia.

Pasado el peligro, la hermana Theosebeia atendió como pudo las heridas de Planudes. El leñador estaba algo herido y bastante agotado, por lo que el grupo tuvo claro que debían descansar, ya que era difícil que Planudes pudiese continuar guiándoles en ese estado. Estuvieron de acuerdo, sin embargo, en buscar otro lugar para descansar.

Con las primeras luces del amanecer, encontraron otro lugar en el que descansar: un espacio resguardado junto a varios troncos caídos de gran tamaño. Allí, para sorpresa del propio Planudes, Catella le agradeció el haber puesto su vida en riesgo para protegerles a todos. La dulzura de la muchacha relajó a Planudes, aunque disgustó claramente a Constancio.

Quizá gracias a las amables palabras de Catella, Planudes logró dormir aquella noche sin tener que sufrir ninguna de las horribles pesadillas que le habían acosado las noches anteriores.

Pasaron el día entero descansando, así como la noche. Vadoma ocupó ese tiempo en intentar una nueva lectura, descubriendo que los cuervos que parecían habitar aquel bosque como única especie a excepción de los lobos, no eran sino los ojos mismos del mal que anidaba en Vrajitoarea.

Tras veinticuatro horas de un descanso que resultó especialmente reparador para Planudes, el grupo continuó su camino. Avanzaron todo el día y, al llegar la noche, el leñador encontró un buen lugar para acampar. Tras eso, establecieron los habituales turnos de guardia.

Vadoma intentaría realizar una lectura de su baraja, pero las cartas volvieron a mostrarse inescrutables para la zíngara aquella noche.

Durante su turno, Vadoma detectó una figura moviéndose furtivamente en la oscuridad, por lo que no dudó en alertar al grupo. Planudes y Constancio se aproximaron al lugar en el cual la zíngara había visto aquella sombra, encontrando huellas descalzas de varios niños pequeños. Aunque la hermana Theosebeia pensó en que quizá hubiese allí niños perdidos de alguna aldea cercana, al resto del grupo le dio demasiada mala espina todo aquello y decidieron abandonar la zona.

Caminaron el resto de la noche. Vadoma creyó oír que alguien la llamaba por su nombre, mientras que Planudes estaba seguro de que algo les acechaba en el bosque, desde distintos puntos; incluso le pareció detectar a alguna sombra moviéndose entre la espesura.

Por suerte, con la llegada de los primeros rayos de sol, esa presencia que parecía acecharles se desvaneció por completo. Aunque, aún sintiéndose algo más a salvo, estaban realmente exhaustos por no haber dormido y tener que caminar toda la noche.

Buscaban un lugar donde descansar un rato cuando Planudes divisó una especie de barricada improvisada. Tras observarla con detenimiento y no descubrir presencia humana alguna, el leñador descubrió que, unos metros más allá, parecía existir un campamento formado por varias tiendas de lona.

Decidió acercarse a echar un vistazo más de cerca, acompañado de Constancio. Quizá a causa del cansancio, el soldado tropezó con una enorme rama, que se se movió bruscamente para golpear las piernas de Planudes, lo cual provocó un cierto estruendo. Para tranquilidad de los dos hombres, no se produjo movimiento alguno en el campamento.

Aunque toda esa tranquilidad duró poco, ya que pronto comenzaron a encontrar los primeros cuerpos de soldados otomanos, con la piel pálida y los ojos abiertos en una expresión de terror absoluto. Todos y cada uno de los cuerpos se encontraban inexplicablemente desangrados y con grotescos desgarramientos en el cuello fruto, al parecer, de la dentellada de alguna bestia.

Había huellas de pies descalzos de niños pequeños por todas partes.

Mientras los demás buscaban armas y provisiones por todo el campamento, y tras encontrar una espada en el suelo de la que se apropió, Vadoma hizo otro hallazgo escalofriante. Los cadáveres de seis aldeanos cristianos, probablemente de una localidad cercana, yacían atados con una soga a un enorme poste de madera. Presentaban las mismas heridas y rostros aterrorizados que los soldados del campamento.

En el suelo, uno de los reos, con ropas de sacerdote, había escrito en el suelo de tierra:

"Los hijos de Lilith"

Según sabía Vadoma, Lilith era una figura femenina legendaria de la mitología mesopotámica y el folclore religioso judío. Considerada la primera esposa de Adán, creada con él antes que Eva, era supuestamente un demonio primordial.

Tremendamente perturbados por todo aquello, los compañeros decidieron ponerse en camino. Antes de eso, Vadoma recurrió una vez más a sus cartas, las cuales le indicaron que el mal de aquel bosque era vulnerable a todo lo sagrado. Mientras la zíngara narraba su lectura, la hermana Theosebeia se aferraba con fuerza a su crucifijo.

Planudes les indicó a todos que se encontraban a menos de un día de marcha del Camino de Craiova, por lo que el grupo decidió apretar el paso y avanzar durante la noche si aquello era preciso.

Desafiando el cansancio y el medio, los cinco compañeros caminaron todo el día y, con inquietud, vieron como el sol daba paso a la luna sobre las aterradoras ramas que conformaban la cúpula del Bosque de Vrajitoarea. Unas ramas que parecían alargarse para intentar atraparles. Poco a poco, un frío demasiado antinatural pareció arrastrarse por el aire, convirtiendo en vaho la respiración de los compañeros.

Varios pares de ojos brillantes comenzaron a surgir entonces de entre la espesura, mientras risitas infantiles resonaban en la oscuridad. Vadoma notó como una mano pequeña y helada le rozaba la espalda, pero no encontró a nadie al girarse. Gradualmente, comenzaron a percibir las pequeñas siluetas de seis niños de entro ocho y diez años moviéndose entre las sombras con una gracia espeluznante.

"Strigoi"

Fue la palabra que surgió de los labios de Vadoma un instante antes de que los niños se abalanzaran sobre el grupo.

La hermana Theosebeia, fuerte en su fe, trató de colocar su crucifijo sobre la frente del niño que se le acercaba, pero el retoño se movió demasiado rápido, sujetándola el brazo para quebrarlo como una rama seca. Un segundo después, se encaramaba hasta su cuello para destrozarlo de un mordisco. La mujer estaba muerta mucho antes de caer al suelo.

Planudes descargó su hacha contra el pecho de otro niño, que retrocedió con las carnes del pecho hendidas, pero luciendo una herida a todas luces insignificante para un impacto de aquellas características. El mismo resultado obtendría Constancio con su espada, quien aplicaba con destreza su escudo para mantener alejados a dos de esos horrendos niños al tiempo.

Vadoma intentó acercarse al cadáver de Theosebeia para recoger su crucifijo, pero el niño que había matado a la monja la hizo retroceder con un aterrador bufido. Fue entonces cuando otro de los pequeños se encaramó a su espalda, mordiéndola en el hombro y haciendo que gritase de dolor.

Los afilados colmillos de un retoño mordieron el brazo de Planudes que, mientras retrocedía para zafarse, vio como Constancio caía al suelo ante la acometida conjunta de dos de los niños. El soldado fue destrozado por esos pequeños engendros en apenas lo que dura un parpadeo.

Vadoma haría un nuevo intento por alcanzar la cruz de Theosebeia, aunque nuevamente dos de esos horrendos críos la cortaron el paso. En ese momento justo, Planudes caía derribado por otros dos infantes, notando el leñador como los colmillos se hendían en su cuello y su femoral para extraerle la sangre.

Con los ojos vidriosos, lo último que pudo ver Planudes fue cómo la propia Vadoma era derribada por tres de aquellas aberraciones y, un segundo después, cómo uno de esos diabólicos niños emergía del barullo portando la cabeza de la zíngara mientras la sostenía por los cabellos.

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