Draconis Tempora: Korvosa (T2), siete días de aquí a la tumba (3/7)
El grupo formado por la paladina Kaylee, el guerrero elfo Linasaer, el mago gnomo Valmin y el explorador shoanti Rostroajado no tuvo demasiados problemas para escoltar al sacerdote Ishani de vuelta a su templo a través del deprimido barrio de Fin de la Senda.
Cuando llegaron a la plaza en la
que se hallaba erigido el templo de Lathander, encontraron a una multitud
arremolinándose en las escalinatas de acceso al templo. Varios guardias de la
orden pugnaban con la muchedumbre para intentar mantener la calma.
Fue Rostroajado el primero en
percatarse de que algunos de aquellos ciudadanos presentaban pústulas en la
piel, unas muy parecidas a las de la pequeña Brisa.
Según vociferaban un par de
sacerdotes a las puertas del templo, los sanadores habían agotado sus recursos
mágicos por el día y no podrían atender a más enfermos. La gente, no muy
contenta con aquello, parecía estar empezando a alterarse.
Kaylee ascendió unos pasos por la
escalinata y se dirigió a la multitud para intentar poner algo de calma. Si bien
la gente acabó por retirarse, la paladina recibió algún que otro insulto e
incluso más de un escupitajo mientras la muchedumbre se disolvía.
Tras dar las gracias a la
paladina por lo que acababa de hacer, Ishani les acompañó al interior del
Templo de Lathander.
Allí fueron recibidos por el
Tuttle, el Supremo Sacerdote del templo. El anciano les contó que aquella
enfermedad, ya bautizada como “Velo de Sangre” estaba comenzando a proliferar
en la ciudad. El sacerdote estaba tremendamente preocupado por la posibilidad
de que aquellos brotes se transformasen pronto en una epidemia fuera de control.
Tuttle opinaba que era necesario
implicar a la guardia de la ciudad en el control de la enfermedad, así como al
recién formado cuerpo de las Doncellas Grises. El jerarca sabía de la estrecha
relación que el grupo mantenía con la mariscal Cressida Kroft, así que les rogó
que escoltasen a Ishani hasta la Ciudadela Volshyenek para presentárselo a la
mujer y así asegurarse su ayuda.
Cuando los compañeros accedieron,
Tuttle le entregó 200 monedas de oro a cada uno por los servicios prestados.
Después, les invitó a partir cuanto antes, en parte debido a lo urgente de la
situación con el Velo de Sangre y en parte porque tenía asuntos importantes que
tratar. Kaylee supo que aquel hombre ocultaba algo.
De camino a la Ciudadela Volshyenek,
Kaylee le preguntó a Ishani por aquellos problemas que preocupaban a Tuttle al
margen del Velo de Sangre. Como la paladina también servía a Lathander, el
sacerdote no tuvo reparos en que se adelantaran un poco al resto del grupo y
contarle lo que sabía.
La segunda al mando de Tuttle, la
sacerdotisa Zenobia, había desaparecido unos días atrás. Nadie había vuelto a
verla tras el acto protocolario en el que la iglesia de Lathander había
entregado el edificio Largoacre a las Doncellas Grises ante las presiones de la
reina Ileosa. Los paladines de la orden la habían estado buscando, sin
demasiado éxito hasta entonces.
Cuando llegaron a la Ciudadela Volshyenek,
fueron recibidos con cordialidad por los miembros de la guardia de la ciudad.
Un mestizo shoanti que servía en la guardia le confesó a Rostroajado que los
hombres se encontraban ligeramente molestos por el hecho de que las Doncellas
Grises comenzaban a acaparar las funciones de seguridad en la ciudad, relegando
a la guardia cada vez más a un segundo plano.
Cuando entraron en la ciudadela,
encontraron a los soldados formados en el patio de armas. Frente a ellos se
encontraban Cressida Kroft, una oficial de las Doncellas Grises y un grupo de
hombres con atuendos negros; algunos de ellos llevaban puestas máscaras de
cuero con picos alargados y curvados hacia abajo.
La oficial de las Doncellas
Grises, una tal Kordaitra Destaid, impartía órdenes a los soldados ante la
atenta mirada de Cressida. La guardia de la ciudad debía escoltar a los médicos
de la Reina, todos bajo el mando del doctor chelio Reiner Davaulus.
Garantizarían su seguridad para ayudarles a combatir el Velo Rojo.
Tanto al grupo como a Ishani les
sorprendió mucho que las Doncellas Grises ya tuviesen conocimiento de la
epidemia y, más aún, que a la reina Ileosa le hubiese dado tiempo a traer ayuda
desde Cheliax para combatir una enfermedad de la que nada se sabía apenas
veinticuatro horas antes.
Una vez finalizado el discurso de
Kordaitra, la mujer disolvió a la guardia. Fue en ese momento cuando Cressida,
tras despedirse de la oficial (una despedida muy fría, según denotó Valmin), se
dirigió hacia el grupo.
Tras los saludos de rigor,
presentaron a Ishani, quien le expresó a la mariscal los deseos de la orden de
Lathander de ayudar a la ciudad a combatir la plaga. Como cabía esperar,
Cressida indicó que toda ayuda era bienvenida e invitó al sacerdote a entrar en
el edificio principal, donde esperaban trazar una estrategia para desplegar sanadores
por la ciudad.
Mientras Ishani se presentaba al
doctor Davaulus, Cressida aprovechó para hablar un rato en privado con el
grupo. La mariscal confirmó el malestar que causaba a la guardia el hecho de
estar siendo desplazados poco a poco por las Doncellas Grises. Además, les
informó de un nuevo edicto de la Reina,
que se haría público en unas horas, que autorizaba a las Doncellas Grises a
intervenir cualquier bien o propiedad de la ciudad con el fin de combatir la
enfermedad.
Tras despedirse del grupo, marchó
al edificio principal.
Los compañeros dudaron entonces
durante un rato. Mientras que Linasaer y Rostroajado abogaban por ir al puerto
y buscar los restos del misterioso barco hundido por la guardia, Kaylee y
Valmin pensaban que sería más provechoso investigar la desaparición de Zenobia,
la sacerdotisa de Lathander.
Finalmente, sospechando que aquel
barco hundido podría ser el foco del Velo de Sangre y podría ocultar claves
para combatir la enfermedad, optaron por acercarse al puerto.
Tras preguntar a los estibadores
sin demasiado éxito, finalmente decidieron aflojar algunas monedas en el
bolsillo de uno de los guardias del puerto, el cual les indicó el lugar
aproximado del río en el que se había hundido el barco.
Una vez Valmin hubo empleado su
magia para que todos pudiesen respirar bajo el agua, el grupo se sumergió en
las profundas aguas del Río Jeggare.
Los compañeros bucearon en las
oscuras aguas, iluminados por la luz mágica tanto de Valmin como de Kaylee.
Pronto dieron con el barco hundido. La placa de su costado rezaba “Saqueo”, el
nombre del barco.
Entraron por la destrozada proa
del navío, donde casi de inmediato fueron atacados por un grupo de seis enormes
anguilas del lodo. Las venenosas criaturas sorprendieron al grupo, surgiendo
desde el lodo y empleando sus venenosos mordiscos sobre la carne de sus
víctimas.
Rostroajado se defendió bien,
sufriendo algunas heridas. Peor parte se llevaron Kaylee y Valmin, que acabaron
medio muertos a causa del potente veneno de las criaturas.
Linasaer no sobrevivió al lance,
su cuerpo se hundió entre estertores para acabar reposando en el suelo fangoso
del Jeggare.
Kaylee empleó sus poderes
curativos para sanar tanto la mayoría de sus heridas como algunas de las del
mago gnomo.
Rápidamente, avanzaron hacia la
bodega.
Al asomarse a la bodega, casi se
les hiela la sangre. Un tiburón de enormes proporciones nadaba pausadamente
entre las cajas que se apilaban aquí y allá.
La idea del grupo era dirigirse
hacia el camarote del capitán, así que decidieron cruzar sigilosamente la
bodega a fin de evitar al escualo.
Sin embargo, aquello no iba a
salir bien: Rostroajado, el primero en intentarlo, enredó su pie en un cabo
suelo, haciendo que una red de carga se agitase y acabara llamando la atención
del tiburón.
El desproporcionado escualo se
arrojó sobre el explorador, hiriendo de gravedad a Rostroajado casi a la vez en
que la puerta del camarote del capitán se abría de golpe para dejar ver a una
saga marina.
Un infierno de dientes y magia se
desató en la bodega del Saqueo.
Valmin murió asfixiado por una
nube venenosa que la saga invocó bajo el agua, mientras que Kaylee perdía la
consciencia entre las fauces del tiburón. La situación de Rostroajado, el
último en pie, se había vuelto desesperada.
Tras acabar con el enorme
escualo, el explorador shoanti se abalanzó sobre la saga para ensartarla en su
espada. Casi al límite de su resistencia, Rostroajado consiguió abatir por fin
a la criatura.
Unos segundos después, el shoanti
podría comprobar que Kaylee había recuperado la consciencia, aunque estaba
tremendamente débil. A decir verdad, Rostroajado no se encontraba mucho mejor
que ella, pero pidió a la paladina que esperase allí mientras él examinaba el
camarote del capitán.
Por suerte para el shoanti, no
había nada de lo que preocuparse en aquella cabina.
Lo único destacable eran el
cadáver hinchado del capitán y un cofre de metal cerrado con un candado.
Con gran esfuerzo, Kaylee y
Rostroajado nadaron hasta la superficie arrastrando aquel cofre. Decidieron no
abrirlo en el puerto, así que arrastraron el baúl hasta la Ciudadela Volshyenek.
Cressida se mostró alarmada al
ver el maltrecho estado de la paladina y el explorador, a la vez que lamentó
profundamente las muertes de Valmin y Linasaer.
Una vez abierto el cofre,
pudieron encontrar en su interior un buen número de objetos de escaso valor y
un libro.
A Kaylee le bastó un vistazo al
libro para averiguar que se trataba de unos textos sagrados de la iglesia de
Loviatar, diosa del dolor, el daño y la agonía. En aquel libro, alguien había
tachado todos los lugares en los que aparecía el nombre de Loviatar y había
escrito “Andaisin” en su lugar.
Muy preocupada, Cressida les
contó que, hacía unos años, hubo una plaga en el pueblo de Beorandy. Se
responsabilizó de aquella plaga a una secta de Loviatar cuya líder en la zona
era una tal Andaisin.
La posible presencia de agentes
de Loviatar en Korvosa angustiaba a Cressida Kroft, así que pidió a Kaylee y
Rostroajado que se mantuviesen vigilantes. Por supuesto, ahora priorizaba que
ayudasen a combatir el Velo de Sangre a que encontrasen a los miembros de esa
secta... aunque probablemente una cosa y otra pudieran acabar siendo lo mismo.
Justo antes de que se marchasen
de la Ciudadela Volshyenek hacia “La Jarra de Jeggare”, Cressida les habría de
dar una noticia:
Zenobia, la sacerdotisa de
Lathander desaparecida, había hecho acto de presencia nuevamente. Al parecer,
la mujer había renegado de la fe en el dios del sol. Zenobia había gritado su
obediencia ciega a la reina Ileosa mientras alababa la fuerza de las Doncellas
Grises.
Inquietante.
Pero Kaylee y Rostroajado
necesitaban descansar tanto como llorar a sus muertos. Estaba anocheciendo y
quizá el nuevo sol trajese más peligros y misterios.
Por aquel día, no obstante, habían tenido suficiente.

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