Draconis Tempora: Korvosa (T2), siete días de aquí a la tumba (4/7)

Kaylee y Rostroajado descansaban como podían en sus dependencias de “La Jarra de Jeggare”, reponiéndose de aquella dura jornada bajo las aguas del río en la que habían perdido a dos compañeros… dos compañeros más.

Fue entonces cuando unos nudillos aporrearon la puerta.


Cuando Rostroajado se acercó a abrir, lo que encontró al otro lado fue a un semielfo de muy agraciadas facciones que se presentó como Gylip. Aquel sujeto vestía a la última moda y llevaba encima tanto perfume que olía como una fulana de burdel caro.

El tal Gylip era un bardo (uno muy bueno, decía él) que deseaba unirse a la paladina y el explorador, ya que el grupo estaba empezando a ganar fama en Korvosa y, cómo no, él quería subirse a esa ola.

Además, sabía de buena tinta que el grupo tenía actualmente dos vacantes. Esto fue dicho con tal falta de tacto que Rostroajado a punto estuvo de arrancarle la cabeza de los hombros.

Excusándose por su exceso de entusiasmo, Gylip les contó que, entre sus contactos, había una maga elfa que también podría serles de utilidad: una alta elfa llamada Arien.

Tras estudiar la propuesta del bardo unos minutos, finalmente tanto Kaylee como Rostroajado convinieron en que aceptarla era un asunto de necesidad más que de conveniencia. De ese modo, partieron en pos de Gylip hacia el domicilio de la tal Arien.

Cuando salieron a la calle, pudieron contemplar unas enormes columnas de humo que se alzaban desde el Distrito Gris. Sin pudor, Gylip abordó a varios ciudadanos hasta enterarse de que ese humo provenía de las fosas comunes en las que los servidores de la ciudad incineraban a los muertos de la epidemia. Por lo visto, la cantidad de cadáveres se estaba empezando a convertir en un problema según la epidemia avanzaba.

Gylip también escuchó rumores que culpaban a los hombres rata que habitaban en las cloacas de Korvosa de estar propagando el Velo de Sangre con sus mordiscos.

La maga Arien vivía en un buen domicilio ubicado en una de las zonas adineradas de la ciudad. Sus labios élficos se arrugaron en una mueca de disgusto al ver a Gylip.

Al principio, Arien se mostró reticente a unirse al grupo: ella decía no deberle nada a la ciudad más que el desprecio que se le debe a un lugar sucio y horrible. De hecho, ella aún permanecía en Korvosa debido a que anhelaba poder acceder a ciertos textos del Acadamae que, de momento, le estaban vetados.

Kaylee logró convencerla que, a través del servicio a la ciudad, seguramente lograría que las autoridades le diesen acceso a los códices.

Si duro fue convencer a Arien de que se uniese al grupo, más difícil fue convencerla de que se alojase en “La Jarra de Jeggare”. Finalmente, las alusiones a la seguridad terminaron por persuadirla. El grupo estaba empezando a ganar fama, como dijo Gylip, y con la fama solían llegar siempre los enemigos.

Al día siguiente, cuando Arien apenas se había instalado en las dependencias del grupo en “La Jarra de Jeggare”, una anciana con aspecto de vendedora de pescado se personó en la puerta del grupo.

Decía llamarse Eries y ser un licántropo, una mujer rata más exactamente. A pesar de las protestas de Rostroajado, Kaylee la invitó a pasar. Mientras Eries hablaba, Gylip acariciaba suavemente las cuerdas de su laúd y Arien se tapaba disimuladamente la nariz.

Eries llevaba muchos años viviendo en la ciudad, siempre en paz. La mujer afirmó que los hombres rata no tenían nada que ver con la propagación de la enfermedad, pero aún así, varios ciudadanos se estaban organizando para bajar a las alcantarillas y darles caza.

Según la mujer, un hombre rata llamado Girrigz estaba reuniendo a algunos de sus congéneres para vengarse de los humanos golpeando sin piedad a aquellos ciudadanos que estuviesen más indefensos.

Eries era consciente de que esto podía desencadenar un conflicto lleno de violencia que significaría el fin de toda su especie en Korvosa.

Les pidió que disuadieran a Girrigz o le redujesen de algún modo, pero que no matasen hombres rata si podían evitarlo. A cambio, ella lograría convencer a los suyos de que ayudasen a combatir la epidemia desde las sombras: retirando discretamente los cadáveres infectados para evitar la propagación de la enfermedad.

De mismo modo, Eries les informó de que solo podría garantizar totalmente la cooperación de los suyos si no morían hombres rata. Finalmente, tras una breve discusión, concedió que Girrigz podía morir si no quedaba más remedio.

Los compañeros accedieron, a pesar de que Arien se mostró realmente asqueada con la sola idea de tener que bajar a las cloacas.

Eries les dio entonces las indicaciones necesarias para moverse por las cloacas de Korvosa hasta encontrar en ellas la guarida de Girrigz y los suyos.

Al caer la noche, el grupo descendió a las cloacas, aprovechando una arqueta existente en el lado trasero de la propia “Jarra de Jeggare”.

Las alcantarillas eran un lugar sucio, hediondo e inundado de pestilente agua sucia que cubría a la altura de las rodillas. Arien empleó su magia para que tanto Rostroajado como Kaylee pudiesen ver en la oscuridad de los túneles.

La extraordinaria capacidad de orientación de Rostroajado guió al grupo a través de los túneles en un intrincado recorrido que habría de llevarles al territorio subterráneo de Girrigz. Por el camino, Gylip iba de una a otro de sus compañeros, susurrándoles palabras de aliento y preparándoles mentalmente para lo que habría de venir.

Cuando llevaban apenas un par de horas de trayecto, fueron atacados por dos enormes farfulladores que parecían bastante hambrientos. El grupo los derrotó sin problemas, tanto que absolutamente todos salieron indemnes de aquel encuentro.

Rostroajado continuó guiando al grupo por aquellos hediondos túneles hasta que, una hora después, llegaron a una amplia estancia donde dos hombres rata parecían montar guardia junto a dos ratas gigantes.

Aunque el grupo intentó acercarse con sigilo, Kaylee tropezó con algún objeto extraño que estaba bajo el agua y cayó de bruces en un estrépito de chapoteos. La mayoría del agua sucia salpicada cayó sobre Arien, quien exhaló todas sus maldiciones conocidas en élfico.

Pronto, cuatro hombres rata y dos ratas gigantes más aparecieron en el lugar para auxiliar a sus compañeros. Los licántropos se movían rápido y con gran coordinación, lo que no tardó en poner en aprietos al grupo.

Por suerte, los poderes curativos de Kaylee lograron mantener en pie a todos los miembros del grupo el tiempo suficiente.

Poco después apareció un nuevo actor en escena: un hombre rata enorme, armado con una gran espada curva tan temible como sucia. Sin duda, se trataba del propio Girrigz.

Los compañeros tuvieron cuidado de no matar a ninguno de los esbirros de Girrigz, dedicándose a incapacitarlos con heridas en las piernas, golpeando sus cabezas con el pomo del arma o usando hechizos no letales.

Por descontado, las ratas gigantes no corrieron la misma suerte, acabando destripadas sobre el agua sucia.

Girrigz se negó a rendirse, luchando hasta el último aliento contra los compañeros que, si bien sufrieron algunas heridas, acabaron por dar muerte a aquel autoproclamado caudillo de los hombres rata.

El trabajo estaba hecho… ahora solo quedaba volver a la superficie y contarle lo ocurrido a Eries para que cumpliese su parte del acuerdo.

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