Draconis Tempora: Korvosa (T2), siete días de aquí a la tumba (5/7)
Amanecía un nuevo día en la ciudad de Korvosa y con él, los compañeros desayunaban en silencio en sus dependencias de “La Jarra de Jeggare”. La paladina humana Kaylee, el explorador shoanti Rostroajado, el bardo semielfo Gylip y la maga elfa Arien se llevaban a la boca unas insípidas gachas. El ambiente era tan sombrío que ni siquiera Arien protestaba por el paupérrimo desayuno.
A pesar de la colaboración por
parte de los hombres rata de Eries, los cadáveres comenzaban a amontonarse
debido a la gran virulencia de la epidemia conocida como Velo de Sangre. Tal
era así, que los clérigos de Lathander habían comenzado a ofrecer importantes
descuentos en sus servicios curativos a aquellos que ejerciesen como carreteros
para transportar los cadáveres al Distrito Gris, donde serían enterrados en
fosas comunes.
Unos nudillos aporrearon la
puerta, algo que se estaba empezando a convertir en costumbre durante los
últimos tiempos y que, según apuntó acertadamente Kaylee, siempre traía consigo
dolor y muerte.
Se trataba de un soldado de la
guardia de Korvosa con una misiva de Cressida Kroft: la mariscal les requería
en la Ciudadela Volshyenek.
El grupo se puso en camino y, en
menos de una hora, los cuatro compañeros se hallaban en el despacho de
Cressida.
Tras darles las gracias por todo
el trabajo que estaban llevando a cabo en la ciudad, se excusó por tener que
requerirles de nuevo. Como siempre, les ofreció un estipendio justo por sus
servicios. Para grata sorpresa de la mariscal, los compañeros rechazaron el
pago.
Salvar la ciudad de Korvosa se
había convertido en algo personal para ellos.
Cressida les contó que le habían
llegado rumores de que algunos carreteros encargados del transporte de
cadáveres no estaban llegando con los cuerpos al Distrito Gris, sino que los
estaban abandonando en algún punto del Viejo Korvosa.
A la mariscal le preocupaba que
la acumulación de cadáveres en un lugar inapropiado pudiera atraer a algún tipo
de carroñero peligroso o, peor aún, trajera consigo la manifestación de algún
muerto viviente.
Por todo ello, les pidió a los
compañeros que investigasen el asunto. De encontrar el depósito ilegal de
cadáveres, deberían asegurar la zona e informar a fin de que Cressida pudiese
enviar a sus guardias para retirar los cadáveres. Por suerte o por desgracia,
desde que las Doncellas Grises se habían hecho con casi todas las competencias
de la guardia, la mariscal disponía de suficientes hombres desocupados.
Tras abandonar la Ciudadela
Volshyenek, los compañeros decidieron visitar algunos de los pocos tugurios que
aún quedaban abiertos en la ciudad desde la explosión del Velo de Sangre. Gylip
ofreció emplear su encanto natural para intentar extraerle información a alguno
de los carreteros que alternaban en esos locales de mala muerte.
El bardo no tuvo demasiados
problemas para emborrachar a uno de los porteadores de muertos y sonsacarle
todo.
Al parecer, los temores de
Cressida eran totalmente fundados. Aquel carretero y algunos otros habían
decidido recortar el trayecto y abandonar los cadáveres en el Callejón de
Racker, situado en el Viejo Korvosa. Regresar antes al templo de Lathander les
aseguraba más portes y, por lo tanto, más oro.
Según sabía Gylip, el callejón de
Racker, con su peculiar forma y todos sus rincones sombríos, era hacía ya
tiempo un lugar de intercambios ilícitos, asesinatos discretos y negocios criminales
bastante famoso en la parte occidental del Viejo Korvosa. Siendo un lugar
evitado por todos los ciudadanos, se había convertido en un lugar perfecto para
que esos carreteros sin escrúpulos abandonasen los cadáveres.
Los compañeros decidieron partir
de inmediato hacia el callejón, antes de que anocheciese. Un lugar con aquella
reputación por fuerza no sería demasiado recomendable durante la noche.
De camino al viejo Korvosa, se
toparon con un grupo de unas cien personas bastante alborotadas que vociferaban
junto a un bloque de viviendas. Apostados frente a la chusma, cuatro pelotones
de Doncellas Grises aguardaban imperturbables.
Según pudieron escuchar los
compañeros, aquellos ciudadanos parecían negarse a cumplir la cuarentena que
los médicos de la Reina habían impuesto en aquel bloque de viviendas. Por su
parte, las Doncellas Grises no parecían muy dispuestas a permitir que aquella
gente abandonase el bloque.
Con bastante esfuerzo, Kaylee
logró persuadir a la oficial de las Doncellas para que la dejase mediar con los
ciudadanos. La oficial, aunque accedió, le advirtió a la paladina que si la
multitud no se disolvía, las Doncellas Grises cargarían a acero y sangre.
Por suerte para todos, Kaylee
logró convencer a los vecinos que, poco a poco, regresaron a sus casas. Aquella
tarde, la paladina había evitado un baño de sangre.
Tras despedirse de las Doncellas,
y dar las gracias a la oficial por permitir que Kaylee mediase, los compañeros continuaron
su periplo hacia el callejón de Racker.
Llegaron al callejón cuando
quedaba bastante poco para la puesta de sol. Tal y como esperaban, solo
tuvieron que adentrarse un par de recodos en el callejón para encontrarse con
los cadáveres apilados, descomponiéndose en mitad de un hedor insoportable.
Algo llamó pronto la atención de
Rostroajado: aquellos cadáveres habían sido totalmente drenados de sangre.
Además, los cuellos habían sido destrozados con algún tipo de herramienta
tosca.
Todos y cada uno de los
compañeros había oído suficientes historias como para intuir que podían
enfrentarse a uno o más vampiros. Gylip sugirió que quizá un vampiro de estirpe
podría ser un enemigo demasiado poderoso para el grupo y probablemente lo ideal
sería volver con esfuerzos y de día, a poder ser.
Mientras Rostroajado despreciaba
vehementemente la cobardía del bardo, Arien se dio cuenta de que muchos de esos
cadáveres ni siquiera presentaban los síntomas del Velo de Sangre. Sea lo que
fuese que había en ese callejón, no solo se alimentaba de cadáveres, estaba
cazando también a ciudadanos sanos de Korvosa.
Aquello sin duda fue demasiado
para Kaylee, de modo que la paladina exhortó al grupo a continuar con la
exploración del callejón.
Los cuatro prosiguieron su camino
hasta el fondo del callejón, donde encontraron lo que parecía un antiguo taller
juguetero. La puerta estaba entreabierta.
Cuando entraron en el local,
encontraron el cadáver del dueño sentado tras el mostrador. Debía llevar varios
días muerto y estaba totalmente desangrado. Gylip apuntó rápidamente que
presentaba cuatro pares de punciones en el cuello.
El almacén estaba oscuro, así que
encendieron unos candiles que encontraron para que Kaylee y Rostroajado
pudieran ver.
Con sumo cuidado, los compañeros
se desplegaron por el local hasta llegar a la trastienda. En aquel lugar se
apilaban en completo desorden centenares de juguetes de todos los tamaños, así
como piezas para construirlos o repararlos… y cuatro enormes cajas de madera
del tamaño suficiente como para albergar un cuerpo humano.
Lentamente, se colocaron en torno
a una de las cajas y mientras Gylip retiraba la tapa, los demás se aprestaban
para enfrentarse a un posible no muerto.
Pero la caja estaba vacía.
Por desgracia, dentro del local,
los compañeros no se habían percatado de que el último rayo de sol se había
retirado del cielo.
Los cuatro vampiros, por suerte
vampiros menores, se abalanzaron sobre ellos por la espalda; con ansia de
sangre viva.
Muy a duras penas, el grupo logró
rehacerse y plantar cara a los no muertos. Aunque Gylip y Rostroajado
terminaron relativamente indemnes, Kaylee tuvo que emplear a fondo sus poderes
curativos para que ni ella misma ni Arien perdiesen la vida en aquella cruda
confrontación.
Finalizado el combate, los cuatro
compañeros permanecieron un rato en silencio en torno a los cuerpos de los
vampiros caídos que, poco a poco, se deshacían para convertirse en montones de
ceniza.
Ya solo quedaba informar a
Cressida y aguardar a saber qué nuevos peligros les aguardaba aquella maldita
ciudad que amaban y odiaban con igual intensidad.

Comentarios
Publicar un comentario