One Shot (Sombra de la Bestia): El pequeño Cody North

Eran poco más de las cinco de la mañana cuando comenzó a sonar el teléfono en la casa de Mary Sue Pender. Era allí donde había terminado viviendo el detective Joe Pender una vez se hizo efectiva su baja psicológica en la Policía de Nueva York.

No es que a Joe le ocurriese nada en realidad. Esa baja había sido una simple argucia para quitarse del medio ante aquella investigación de Asuntos Internos. Esos malditos buitres siempre estaban encima de los demás polis.

Y por si fuera poco, Joe había cogido realmente ese dinero, durante aquella redada. En fin, aquellos jamaicanos iban a pasar una buena temporada a la sombra y toda esa pasta se pudriría en un almacén de pruebas.

Y Joe necesitaba aquel dinero para su hermana, así que lo cogió.

Pero volviendo al día en que sonó el teléfono, Mary Sue llamó suavemente a la puerta del dormitorio de su hermano. Aunque él la escuchó perfectamente, decidió hacerse el dormido; al menos hasta que ella insistió.

Su hermana le indicó que llamaban del Departamento, lo que extrañó bastante a Joe. Se trataba del comisario Mullygham, con una petición que aún resultaba más inusual. La vio caminar de vuelta a su dormitorio, meditando si Mary Sue superaría algún día la violenta muerte del hermano menor de ambos, sucedida hacía ya tantos años.

Al parecer se trataba de un homicidio, uno que debía ser especialmente turbio. Aunque el comisario era consciente de que Joe se encontraba de baja, necesitaba alguien capaz de meterse en una mierda como esa… y nadie como “Alcantarillado Pender” para bucear en la mierda.

Tras un tira y afloja entre ellos debido a la negativa de Joe de reincorporarse, el comisario volvió a llamar un rato después. Finalmente, accedía a la petición del detective de participar en el caso como asesor externo.

Aclarado el asunto, Joe condujo bajo la lluvia y a través del denso tráfico hasta llegar al 390 de Georgia Avenue. Varios coches patrulla se encontraban ya estacionados frente al edificio.

Joe encontró al detective Callahan bastante descompuesto. Codo de costumbre, aprovechó para sacar de sus casillas a ese pobre capullo hasta el punto que hicieron falta dos agentes para evitar que ese cabrón se abalanzase sobre Joe.

Tras subir las escaleras y ataviarse con fundas para los zapatos y unos guantes de látex, avanzó por el pasillo. Pudo hablar con García, el agente que había acudido a la llamada y, tras echar la puerta abajo, había resbalado en un charco de sangre para acabar cayendo de espaldas sobre él. Aquel poli estaba también descompuesto.

Pronto estuvo en el 4ºC, donde se había producido el homicidio. Allí estaba ya el doctor Jones, jefe del Departamento Forense, quien le recibió con la frialdad acostumbrada.

El espectáculo en el interior del piso era dantesco: alguien había colgado a un desgraciado del ventilador del salón, empleando sus propios intestinos para ello. El sujeto había sido colgado de los tobillos y había quedado boca abajo, con los brazos en cruz… en una suerte de cruz invertida.

Joe no obtuvo demasiada información del doctor, así que decidió echar un vistazo por su cuenta: no le costó averiguar que al menos cuatro agresores habían formado parte de aquel asesinato claramente ritual. Además, encontró documentación referente a un orfanato llamado “Nuestra Señora del Albor” ubicado en la propia ciudad.

A continuación, solicitó al agente García que solicitase las grabaciones de las cámaras de seguridad de un par de bancos que había en aquella manzana. Igualmente, le pidió que aquello se tramitase personalmente con él, sin informar al detective Callahan.

Por desgracia, aquel muchacho le tenía bastante más miedo a Callahan del respeto que sentía hacia Joe; de modo que se negó a acceder a aquella petición.

Sin mucho más que hacer en aquella escena del crimen, salió del apartamento y bajo al portal, donde se encontraba el detective Callahan. Con evidente tensión aún por su anterior encontronazo con Joe, el detective le habló acerca del cadáver: un tal Taddeus Stuckey, empadronado en las afueras y casado con Damaris Stuckey. En la ficha, extrañamente, no figuraba ningún número de teléfono.

Joe le habló a Callahan de la documentación que había encontrado en el escritorio y le sugirió que investigase acerca de aquel orfanato y su posible conexión con el cadáver.

Salió del portal y, tras alejarse unos pasos, hizo una llamada a Kowalckzyk, uno de sus compañeros de la academia que actualmente trabajaba en la Brigada de Información. Le debía un par de favores, ya que Joe sabía que el tipo había manipulado en alguna ocasión los sistemas de la policía en beneficio propio.

Aunque al principio se mostró reticente a darle información, finalmente Kowalckzyc le informó de que tanto el tal Taddeus como su mujer Damaris vivían en lo que resultó ser un asentamiento amish llamado Prosperity, en la zona rural del estado. Las fotografías de ambos en los archivos de la Seguridad Social no dejaban lugar a muchas dudas debido a sus vestimentas.

Así, Joe condujo durante unas cuatro horas hasta llegar a aquel pueblo poco después del medio día. Comprobó que Prosperity constaba de una parte moderna que se hallaba separada del asentamiento amish.

Siguiendo algún tipo de corazonada, condujo hacia la parte moderna con intención de visitar la oficina del sheriff.

El sheriff Connor le contó que los amish eran gente tranquila, nunca habían dado problemas. Por otra parte, los vecinos de la parte moderna eran también bastante respetuosos con ellos y ambas comunidades coexistían en armonía. No obstante, el sheriff se mostró muy ilusionado de que algo tan emocionante como un asesinato estuviese relacionado con su oficina.

Cuando Joe le enseño las fotos de Taddeus y Damaris, el sheriff recordó que aquellos dos amish se habían marchado del pueblo unos dos meses atrás, vendiendo su casa precipitadamente y a la baja. Lo recordaba porque su prima regentaba la inmobiliaria local y era quien había llevado la operación.

Sin mucho más que sacar de aquel sheriff, Joe quiso saber si los amish acudían habitualmente al centro médico. Al recibir una respuesta afirmativa, quiso visitar el ambulatorio local.

Llegó al pequeño centro médico tras seguir las precisas indicaciones del sheriff Connor. Allí, la doctora le recibió sin hacerle esperar.

Aunque no pudo darle demasiada información sobre los Stuckey, sí le aportó un nuevo e importante dato: los Stuckey tenían un hijo de unos ocho años, uno del que nada aparecía en ninguno de los dosieres a los que, hasta el momento, había tenido acceso el detective.

Tras despedirse de la doctora, Joe condujo hasta el asentamiento amish. Su coche rodó sobre aquellas calles sin asfaltar, entre carros de caballos y miradas curiosas. Detuvo el vehículo frente a la iglesia.

Allí se entrevisto con el pastor Samson Sutter, quien le confirmó que conocía a los Stuckey y que estos se habían marchado precipitadamente con su hijo, el pequeño Cody. Sin embargo, le hizo saber que Cody no era en realidad hijo de los Stuckey, sino que estaba siendo tutelado por ellos mientras su madre, Elizabeth North, se recuperaba de sus “problemas”.

Joe quiso hablar entonces con la madre biológica del chico, aunque el pastor se negó a ello. Ni siquiera las amenazas del detective acerca de llenar aquel lugar de prensa y policía tuvieron éxito.

Durante su charla con el pastor, Joe le había preguntado por el habitante más longevo de aquel lugar. El pastor le había hablado de un tal Jeremías. A Joe le pareció una buena idea ir a visitarle.

De camino, hizo una llamada de teléfono cuyo destinatario era el detective Callahan. Joe quería saber si había encontrado el vínculo entre el cadáver y el orfanato “Nuestra Señora del Albor”.

Callahan le dijo que, al parecer, los Servicios Sociales le habían retirado la custodia de un menor al matrimonio, un muchacho de ocho años llamado Cody North. Alguien había denunciado al matrimonio porque no tenían al chico escolarizado.

Por supuesto, alguien tan incompetente como Callahan no se había molestado en comprobar si el chico seguía allí. El detective prometió averiguarlo y llamar a Joe lo antes posible.

Pero Callahan tenía una noticia más para Joe: unos jamaicanos con mala pinta habían estado haciendo preguntas sobre Joe en la calle, unos que parecían relacionados con aquella redada en la que había desaparecido el dinero.

Tras agradecerle la información a su compañero, Joe llamó rápidamente a su hermana con la intención de que se marchase de casa. Sin embargo, aquellos jamaicanos se habían anticipado y ya estaban en casa de su hermana, reteniéndola.

Los tipos querían su dinero, un dinero que Joe no tenía. Tras intentar convencerles de que no tenía nada que ver en todo aquello, sin éxito, acabó citándose con los tipos esa misma noche en una cafetería del centro de Nueva York.

Maldiciendo por lo bajo, caminó hasta el porche donde el viejo Jeremías se mecía en su hamaca. Al vejestorio se le había ido la cabeza, pero le habló de tipos con ropas negras que le cantaban al demonio por las noches en la iglesia, de que varios vecinos del pueblo habían abrazado las tinieblas y de que podían enviar a “los que arden” a por él si se enteraban de que había hablado. Del mismo modo, le habló de que los Stuckey habían sucumbido a las tinieblas pero, tras mirar a los ojos a aquel muchacho, Cody, habían vuelto a la luz y se habían marchado del pueblo para poner al crío a salvo.

Para terminar, le habló de una “furcia de Satanás” que quería al niño porque este había nacido “bajo los estigmas”.

Por desgracia, la conversación fue interrumpida por una pareja de amish, hombre y mujer, que silenciaron abruptamente el discurso del viejo. Mientras la mujer invitaba a Joe a marcharse, e hombre entraba en la casa de Jeremías, arrastrando al viejo con él.

Antes de volver al coche, Joe hizo una visita a Sarai Raber, la mujer que auxiliaba al pastor en los oficios religiosos y famosa por la elaboración de pastas artesanas. La mujer no le dijo mucho, limitándose a confirmar lo que el detective ya sabía. El único dato nuevo fue el hecho de que se desconocía la identidad del padre de Cody, ya que Elizabeth North se había quedado embarazada durante una breve estancia en el “mundo no-amish”.

De camino al coche, Joe volvió a telefonear a Callahan. El detective le confirmó que el pequeño Cody North se encontraba aún en el orfanato. Aunque Joe le pidió que sacara al chico de allí, Callahan se limitó a decir que pondría un coche patrulla frente al lugar.

Tras ahogar algunos improperios, Joe subió a su coche y condujo como un auténtico salvaje de vuelta a la ciudad: había quedado con aquellos jamaicanos que tenían a su hermana.

Llegó a la cafetería donde se había citado justo a la hora. Allí le estaba esperando un jamaicano que apestaba a gánster de poca monta. Aunque Joe trató de convencer al tipo de que él no tenía su dinero e incluso de que su dinero había sido llevado por otras personas a un poblado amish de las afueras, el jamaicano no quiso ni siquiera escucharle.

Aquel tipo le dio veinticuatro horas para devolverle su dinero o mataría a Mary Sue.

Las cosas no estaban saliendo para nada como esperaba Joe: no tenía aquel dinero y sabía perfectamente que aquellos cabrones cumplirían su promesa de matar a Mary Sue si no recibían lo que era suyo. La única solución que se le ocurría pasaba por el comisario Mullygham y el Departamento de Policía.

Aún con aquello sobre la mesa, tenía más cosas en las que pensar.

Joe tenía un pálpito acerca de la seguridad del pequeño Cody North entre las paredes de aquel orfanato, a pesar de que Callahan le había garantizado la seguridad del pequeño con la presencia de aquel solitario coche patrulla. Quizá demasiados recuerdos de su hermanito asesinado le estaban haciendo tomarse aquello como algo demasiado personal.

El detective condujo hasta el “Nuestra Señora del Albor” para encontrar el coche patrulla dispuesto por Callahan aparcado frente al edificio. Dos agentes excesivamente relajados pasaban aquella vigilancia rutinaria lo mejor que podían. Joe solo esperaba que aquella noche fuese tan rutinaria como parecía.

Se escabulló sin ser visto por los agentes hasta llegar a la puerta del orfanato, quizá no quería dar demasiadas explicaciones. Tras llamar al timbre e identificarse con la placa de policía que portaba a pesar de su baja, habló con un celador para indicarle que quería ver al pequeño Cody.

A pesar de la reticencia del trabajador, debida a las altas horas, este finalmente accedió. Tras dejar a Joe en una pequeña sala, el celador se marchó. Al cabo de unos minutos, regresó con un chico de ocho años: el pequeño Cody North.


Apenas Joe había comenzado a hablar con el niño, el sonido de dos disparos de gran calibre llegó desde la calle. Rápidamente, Joe se echó al muchacho al hombro mientras le gritaba al celador que se escondiese y llamara a la policía.

La única salida que conocía Joe pasaba por la puerta principal, que era el lugar por el que presumiblemente vendrían aquellas armas, así que preguntó al niño por algunas escaleras que ascendiesen a la primera planta.

Siguiendo las indicaciones de Cody, recorrió un largo pasillo hasta llegar a unas escaleras ascendentes que estaban protegidas por una reja cerrada. Sin pensarlo, voló la cerradura con su revólver justo al tiempo que alguien abría fuego sobre él desde el otro lado del pasillo.

Un rápido vistazo, justo antes de subir por las escaleras, le permitió ver a sus dos agresores acercándose por el pasillo: se trataba de la pareja de amish que había interrumpido su conversación con el viejo Jeremías, allá en Prosperity. Ambos iban armados con escopetas de caza.

Cargando con Cody, ascendió a la primera planta y corrió hacia el lado del edificio en el que recordaba haber visto la escalera de incendios. Bajó rápidamente por ella y corrió hacia su coche.

De camino, paso junto al coche patrulla, donde pudo ver a los dos policías que habían sido abatidos por disparos de escopeta. Casi al tiempo que fijaba su vista en ellos, las postas de una escopeta reventaron la ventanilla del coche policial, haciendo que decenas de esquirlas de cristal y chapa se clavasen dolorosamente en el rostro de Joe.

Como pudo, subió al coche con Cody y se puso en marcha. No tardó en ver que otro vehículo les seguía.

Con la sangre cubriendo su rostro, mientras conducía frenéticamente, Joe telefoneó a Mullygham para informarle del asesinato de los policías que guardaban el orfanato, de que querían hacerse con Cody y de que dos jodidos amish enloquecidos le estaban persiguiendo.

El comisario le indicó que condujese hacia la comisaría para ponerse a salvo mientras él enviaba los refuerzos. Sin embargo, aquello no llegó a suceder.

La sangre que chorreaba abundantemente de la ceja se introdujo en el ojo, haciendo que Joe perdiera la visión momentáneamente. Por desgracia, iba demasiado deprisa cuando su vehículo chocó lateralmente con un coche aparcado, se descontroló y acabó dando varias vueltas de campana.

Joe apenas tuvo unos momentos para comprobar que tanto él mismo como el chiquillo se encontraban bien. Sus perseguidores habían detenido el vehículo y ya descendían de él empuñando sus escopetas.

Sin tiempo que perder, Joe empleó su revólver para volar la rodilla del hombre. La mujer contestó con un disparo de su escopeta. Las postas atravesaron puerta y ventanilla del vehículo para destrozar el hombro izquierdo del detective. Un segundo disparo de Joe hirió a la mujer en la cadera.

Un nuevo disparo de Joe atravesó la frente del amish caído, que trataba de alcanzar su arma desde el suelo. Inmediatamente después, el detective y la mujer intercambiaron disparos.

La mujer trastabilló ligeramente debido a su herida en la cadera, lo que hizo que errase el tiro. Joe no falló, alojando un par de balas de su revólver en el pecho de la mujer.

La policía no tardó demasiado en llegar, acompañada de varias ambulancias.

Joe vio como el detective Callahan se llevaba al pequeño y aterrorizado Cody North a la comisaría mientras él era subido a un transporte sanitario que, un minuto después, partiría hacia el hospital.

Le llevaron al Hospital Salerno, donde Joe no tenía ninguna intención de quedarse a pasar la noche. Aprovechando un descuido, robó una bata que encontró colgada y trató de dirigirse a la salida empujando una camilla, como si fuese un celador.

Lamentablemente, había perdido demasiada sangre por la herida de su hombro, así que, tras avanzar unos metros por el pasillo, acabó por desplomarse para acabar inconsciente sobre el frío suelo de baldosa.

A la mañana siguiente, tras recibir el alta voluntaria, Joe se dirigió rápidamente a la comisaria, donde pidió que le dejasen hablar con el pequeño Cody North. El comisario Mullygham  no puso ningún problema para ello.

Su conversación con el pequeño Cody North le aportó dos datos a tener en cuenta: Por un lado, Sarai Raber parecía ser quien realmente manejaba el cotarro en Prosperity. Por otro lado, los Stuckey habían sacado a Cody del pueblo porque tanto la propia Sarai como el pastor Samson Sutter querían hacer daño al muchacho.

Al parecer, según le había contado Damaris Stuckey al propio niño, le querían hacer daño por ser especial. Cuando Joe le preguntó acerca de aquello, el muchacho le mostró una extraña marca de nacimiento en forma de tres triángulos equiláteros concéntricos que tenía en el costado.

Mullygham apareció al rato, interrumpiendo la conversación para informar a Joe de que Damaris Stuckey, la madre adoptiva del chico, había hecho acto de presencia en una comisaría de otro distrito y que, en ese momento, un coche patrulla la transportaba hacia allí para que se reuniera con su hijo.

Antes de marcharse, Joe le entregó al pequeño Cody un teléfono de prepago, indicándole que le llamase si tenía el más mínimo problema.

Tras pedirle al comisario que no entregase de momento al chico, sino que le pusiese bajo custodia policial, Joe puso al corriente al comisario Mullygham sobre los jamaicanos que tenían retenida a su hermana. Necesitaba la ayuda de unos cuantos polis y la necesitaba en ese mismo momento.

Por desgracia, Mullygham no quería arriesgar la vida de buenos policías para solucionar un problema causado por los chanchullos de Joe, como le hizo saber.

Contrariado, Joe hizo un intento de pasar por el depósito de armas de la policía y, aún estando de baja, convencer al agente a cargo de que le entregase algún material. Desgraciadamente para él, la integridad de aquel agente se interpuso en sus objetivos.

Sin muchas más opciones, Joe se dirigió a una armería, donde compró un subfusil MP5 con el que esperaba solucionar varios problemas que, en ese momento, tenía en mente. También se hizo con un chaleco de kevlar ante la atónita mirada de aquel tendero que no le quitaba ojo a ese tipo tan maltrecho que tenía en la tienda.

Alquiló también un pequeño utilitario en un local cercano, que condujo hasta una calle cercana al domicilio de su hermana.

Tras pertrecharse correctamente, procedió a saltar la pequeña valla del patio trasero y cruzar el jardín con todo el sigilo del que fue capaz. En silencio, entró por la puerta de la cocina tras echar un rápido vistazo.

Encontró a dos de los jamaicanos en su salón. El subfusil MP5 lanzó una ráfaga de balas sobre ellos, matando a uno en el acto y dejando a otro agonizante, arrastrándose sobre la ensangrentada alfombra mientras aullaba de dolor.

Justo al tiempo en que le remataba, un nuevo individuo salió del cuarto de baño de la planta baja empuñando una navaja. Joe se hizo a un lado sin problemas antes de reventarle el pecho con una ráfaga de balas.

Dos disparos resonaron entonces en la planta de arriba. El último de los jamaicanos, aquel con el que Joe se había reunido en la cafetería, bajaba por las escaleras mientras usaba a Mary Sue como escudo humano.

Tras un infructuoso intento por parte de Joe para que el hombre soltase a su hermana, ambos intercambiaron disparos. Por suerte, Mary Sue logró revolverse, haciéndose a un lado justo cuando se abrió fuego, por lo que no resultó herida. Ninguno de los disparos del jamaicano alcanzó a Joe, quien si acribilló a su contrincante, que cayó muerto en aquellas escaleras.

Apenas unos minutos después, mientras Mary Sue hacía las maletas para marcharse de allí, Joe telefoneaba a Callahan para decirle que unos tipos habían entrado en casa de su hermana para dispararse entre ellos y que, en el tiroteo la casa se había incendiado.

A la vez que Joe y Marie Sue salían de aquella casa que el detective acababa de prender fuego para borrar pruebas, Callahan le informaba del último contratiempo.

Al parecer, el comisario Mullygham había consentido que Damaris Stuckey fuese trasladada a la casa franca donde Cody iba a permanecer bajo custodia, con objetivo de que el chico estuviese acompañado por su madrastra.

Sin embargo, la mujer se las había arreglado para escapar con el muchacho por una ventana. Cuando los agentes encargados de la custodia salieron a buscarles, se toparon con un resultado aún peor.

Damaris había aparecido a un par de calles de distancia, completamente destripada y con unas extrañas quemaduras sobre los desgarros de su cuerpo. Del chico no había ni rastro.

Joe supo que no tenía tiempo que perder.

Exhortó a Callahan para que hablase con el comisario y enviasen a toda la policía disponible a Prosperity, pues sospechaba que el crío estaba allí y que nada bueno le iba a suceder si no se actuaba pronto.

De ese modo, Joe Pender condujo a toda velocidad hacia Prosperity.

El detective hizo un alto en el camino, solo para comprar seis botella de licor que posteriormente vaciaría para poder rellenar de gasolina y elaborar unos socorridos cócteles Molotov.

Cuando llegó a Prosperity, encontró el pueblo prácticamente a oscuras en mitad de aquella noche de luna. Apenas unas pocas luces brillaban tras alguna que otra ventana de las viviendas. El otro lugar de emitía luz era la iglesia.

Joe decidió prender fuego a dos de las viviendas que se encontraban a la entrada del pueblo empleando sus Molotov. Esperaba llamar la atención de aquellos malnacidos mientras él tomaba otro camino para ir a la iglesia.

Sin embargo, se dio de bruces con una visión que no esperaba… una que desafió su cordura.

Cinco figuras monstruosas surgieron de entre las viviendas más cercanas a la iglesia, a unos quinientos metros del detective. Se trataba de lo que parecían unos extraños esqueletos semi carbonizados, con vetas incandescentes recorriendo sus ennegrecidos huesos.

Aquellas abominaciones no parecieron caer en la treta del detective, ya que, en lugar de dirigirse a las casas en llamas, parecieron desplegarse por el pueblo.

Con la ansiedad disparada, Joe preparó su vehículo para que este saliese despedido en línea recta sin conductor mientras hacía sonar el claxon sin parar.

Tal y como esperaba, los cinco monstruos reaparecieron en la calle principal, corriendo rápidamente en dirección al vehículo.

Joe liberó el coche, que salió en línea recta hacia esos esqueletos de fuego que, sin embargo, lo esquivaron con sorprendente agilidad. El coche acabó desviándose más adelante para impactar contra una de las casas.

Desesperado, Joe sabía que debía llegar a la iglesia como fuese, pues suponía que allí se encontraba el pequeño Cody North, si es que aún seguía con vida.

Corrió entre las casas, intentando mantener a ralla a aquellos cinco monstruos con el intenso fuego de su subfusil. En su periplo, el detective pudo ver como las puertas de la iglesia se abrían y algunas figuras salían del edificio para perderse en la oscuridad.

Casi llegando al templo, las garras de uno de aquellos monstruos le arañaron la espalda, socarrando la carne con sus dedos incandescentes. Ahogando un gemido de dolor, Joe corrió todo lo que pudo hasta irrumpir en la iglesia.

Al entrar, encontró a al menos una docena de personas del pueblo, todos con túnicas negras, los cuales se hicieron a un lado según le vieron aparecer. En el altar, el pequeño Cody se encontraba tumbado y atado a la estructura mientras Sarai Raber sostenía un cuchillo ceremonial sobre su pecho. Al lado de la mujer, el pastor Samson Sutter empuñaba un hacha de leñador mientras miraba a Joe con ira asesina.

Sin pensárselo dos veces, el detective disparó una ráfaga de balas sobre Sarai Raber quien, sin embargo, logró ponerse a salvo tras el altar mientras el fuego de subfusil destrozaba el retablo. A la vez, el pastor Samson corría hacia Joe empuñando su hacha.

Sin saber si tendría tiempo para todo, Joe se giró rápidamente para cerrar las puertas de la iglesia tras de sí, ya que los esqueletos de fuego estaban a punto de llegar hasta él. Luego, se dio la vuelta lo más rápido que pudo para encarar a Samson Sutter.

El detective logró abrir fuego a tiempo contra el pastor. No obstante, había perdido mucha sangre y su disparo fue impreciso, hiriendo en un muslo al hombre que, por un momento, cayó contra los bancos de la iglesia. Inmediatamente, el pastor se rehízo para lanzar un hachazo que por poco decapita a Joe. Por suerte, el detective retrocedió justo a tiempo para que todo quedase en un feo corte en la mejilla.

Las puertas de la iglesia temblaron, a la vez que enormes marcas como de quemaduras comenzaban a surgir sobre la superficie de madera. Esas puertas no iban a aguantar mucho más tiempo las acometidas de los esqueletos de fuego.

Joe alzó de nuevo su subfusil MP5 contra el pastor solo para comprobar que se había quedado sin balas. Tras agacharse bajo el paso del hacha de su contrincante, propinó un fuerte culatazo en vertical ascendente que tumbó a su rival.

Jadeó para tomar aliento, justo a la vez que veía a Sarai Raber correr hacia él mientras blandía la daga ceremonial. Más por instinto que por técnica, Joe agarró a la mujer por las muñecas y ambos rodaron por el suelo al mismo tiempo en que las puertas de la iglesia cedían con un estrépito.

¿Se escuchaban sirenas a lo lejos? ¿Sirenas de policía? Al menos, eso fue lo que le pareció al detective.

Tras apartar a la mujer de un empellón, Joe trató de arrastrarse por el suelo de la iglesia para buscar cobijo entre los bancos.

Nunca pudo llegar.

Las ardientes falanges de los esqueletos arrancaron la piel de su espalda. Entre alaridos de dolor, extendiendo la mano hacia los bancos de madera, Joe Pender murió cuando uno de aquellos monstruos le seccionó la carótida con sus dientes de fuego.

Por desgracia, nunca sabremos si la policía llegó a tiempo para evitar que Sarai Raber escapase con el pequeño Cody North ni la suerte que corrió el muchacho. Solo sabemos que el detective Joe Pender hizo todo lo posible por salvar la vida de aquel chico.

Y murió en el intento.

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